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viernes, 4 de julio de 2014

Decoding Annie Parker



Decoding Annie Parker. Steven Bernstein (dirección); Adam Bernstein, Steven Bernstein y Michael Moss (guión). Estados Unidos, 2013


Si hay un género en el que los yanquis son maestros absolutos es el de las biopics. “Based on a true story”. 
 
No debe ser fácil hacer una película sobre el cáncer de mama y sobre los métodos estadísticos para el mapeo de genes vinculados al mismo. Ahí es donde se ve el savoir-faire de los tipos. Con la vieja fórmula de contar como una historia mínima -con nombre y apellido- un proceso de décadas y que involucra a centenares de personas (físicas y jurídicas) y que se basa en última instancia en métodos matemáticos aplicados a la genética. En este caso capturan dos cosas de forma excelente: algo de los métodos y formas de pensar en la Genética de los años 70´s y 80´s (épocas que parecen antediluvianas vistas desde esta era postgenómica) y cómo vive la incertidumbre una familia afectada de una severa enfermedad genética; como una maldición, en el más puro y literal sentido de la palabra.
 
En la película se cuentan dos historias en paralelo. Por un lado, un fragmento extenso de la vida profesional de la genetista Mary-Claire King y de la vida personal de Annie Parker, paciente con cáncer de mama de causa genética.
 
King lideró el grupo de investigadores que entre fines de los 70´s y 1990 realizó un extenso trabajo que culminó con el mapeo del gen BRCA1 en el cromosoma 17, el primero en ser vinculado directamente como causante de una fuerte predisposición hereditaria al cáncer de mama. Estrictamente hablando King y su grupo no encontraron el gen, sino que localizaron la región del genoma en que se encontraba. El gen propiamente dicho se encontró 4 años después. La película cuenta de forma realista y ágil el trabajo de años, la recolección de datos, las peleas para conseguir financiación, el análisis manual de datos complejos, en fin, la forma de hacer genética en esa época. 
 
Para interesados, una buena historia del asunto puede leerse contada por la propia King aquí: Gitschier J (2013) Evidence Is Evidence: An Interview with Mary-Claire King. PLoS Genet 9(9): e1003828. doi:10.1371/journal.pgen.1003828

En paralelo a esto se cuenta la historia de vida de Annie Parker, quien sufrió –y sobrevivió hasta el día de hoy- tres cánceres. Particularmente interesante es la mitología que ella y su hermana tenían, desde niñas, sobre la enfermedad que matara a su madre. Es muy bella, sencillamente bella, la escena en la que se rompe con esa mitología y el miedo irracional. No era una maldición mágica sino una mutación que segrega en la familia. Para un racionalista y acérrimo defensor de la visión científica del mundo como yo, no puede resultar menos que maravillosa. Hasta hay un capítulo de la nueva Cosmos (Cosmos: A Spacetime Odyssey, 2014) que se llama: "When Knowledge Conquered Fear" (episodio 3).
 
Una palabra que hace tiempo no escuchaba y que antes se usaba mucho la leí por ahí en una crítica: es un “docudrama”. El tratamiento de poliquimioterapia, la ruptura de su pareja, la amistad con uno de los médicos que la acompaña (y otros que no le dan bola, en parte por la ignorancia, impensable en esta época, de que había casos de predisposición hereditaria al cáncer de mama). Eso por el lado de Parker. Por el lado de King, la lucha por mantener por más de 15 años una línea de trabajo que podía no tener ningún resultado, pero que es como se hace ciencia moderna. No hay momentos "eureka" sino trabajo metódico (mucho del cual radica en conseguir guita para seguir laburando).
 
Lo más flojo de la película, o por lo menos lo que deja más sabor a poco, está en el título. O mejor en que el título es esencialmente mentira. El “decoding”, referiría, por un lado, a “decodificar” la vida de la mujer y su lucha, hasta ahí estamos de acuerdo, pero por otro, referiría a su información genética, la cual nunca es examinada sistemáticamente (lo fue en la vida real, pero bastante después de los eventos que se narran en la película). Las dos historias no convergen hasta el final de la película en un encuentro emotivo pero sin mayores consecuencias.
 
Una película de visión obligatoria para profesionales y público vinculados de alguna manera al tema, pero tal vez de interés menor para un público más general.


Víctor Raggio

lunes, 16 de septiembre de 2013

El regreso de un dios

ドラゴンボールZ 神と神 (Dragon Ball Z: la batalla de los dioses). Masahiro Hosoda (dirección),
Yūsuke Watanabe (guión). Japón, 2013.
No es fácil explicarle el encanto de DBZ a quién no conoce nada sobre la serie. Hay algo demasiado poderoso, oculto tras un velo de inocencia y personajes que tocan sentimientos básicos sin perder personalidad o gracia. Hablan de amistad, familia, orgullo, maldad, sabiduría, sacrifico y legado con poderes capaces de destruir planetas enteros en cuestión de segundos… y me estoy quedando corto.
Dieciocho años es mucho tiempo para los fanáticos, más cuando reciben una continuación apócrifa (con poco gusto a “Z”) y un revival abreviado de una serie que consta de 291 capítulos, y que ya hemos visto más de una vez, a fuerza también de no tener más nada, ni siquiera esperanzas de un regreso.
 
Pero todo eso cambió este año con la llegada de La Batalla de los Dioses.
 
Todos los personajes han vuelto a su forma original. Nada de nuevos diseños ni cortes de pelo que no existe. ¡Esto es Dragon Ball Z! Independientemente de la trama, volvemos al mundo que todos reconocemos, volvemos a casa. No tengo intenciones de derribar a Dragon Ball GT y pegarle patadas en el piso, hasta me atrevo a decir que algunos de sus condimentos no saben tan mal, pero todos sabemos que la letra más poderosa y nostálgica se ubica la final del abecedario. 
 
Ahora, esta película es para los fanáticos y nada más que para ellos. No es la mejor OVA de la serie, está lejos de serlo. La acción no es el ingrediente principal, por el contrario, para tratarse de Dragon Ball hasta podríamos decir que está muy alejada de la formula destructiva. Aquí predomina el humor y el constante agasajo hacia los viejitos seguidores de la serie. Casi todos los personajes tienen su momento o aparición fugaz. Referencias y guiños que, si poco conocen sobre los guerreros Z, no entenderán nada, pero disfrutarán de una animación de una calidad soberbia y fluida (aunque dudo de la capacidad de envejecimiento de algunos 3D).
 
La trama se centra en el personaje de Bills, conocido como “El Dios de la Destrucción” que sale en busca del “Saiyajin Dios”, a quién pudo ver en sueños,  para así retarlo en combate. Un antagonista claramente inspirado dioses egipcios (Seth y Sekhmet más específicamente), con un desarrollo adecuado para una cinta de menos de una hora y media de duración. Con un final inesperado, el cual generará un montón de negativas, pero sumamente acertado para lo que pretende ser esta película: una ventana de lo que vendrá. Un tráiler de más de una hora que promete un regreso, pero comienza con un mensaje implícito para los fans: “disculpen el retraso de más de una década, les dejamos algo para ir haciendo base, pero todavía falta para el plato principal”. 
 
Con Internet, el mundo del animé se ha vuelto sumamente accesible, descubriendo series que trascienden lo infantil o su carácter de “dibujito”. Hoy en día, el vecino hipster de bigote utiliza la palabra shinigami para describir cualquier cosa que quiera hacerla sonar cool, pero poco entienden de la magia que se inició en los 80s y, definitivamente, no entenderán La Batalla de los Dioses.
Les repito que esta no es la mejor OVA de la serie hasta la fecha, aunque quizás la más inteligente de todas, pero caer en esa premisa nos aleja del mensaje real de esta cinta. Como decía McLuhan: “el medio es el mensaje”; y esto se aplica perfectamente. La Batalla de los Dioses es el mensaje aquí. Un mensaje que deja en claro que los verdaderos fanáticos están siempre ahí, como perros fieles que esperan la vuelta del amo, que DBZ no desapareció, que esto solo sea el comienzo del regreso pero, por sobre todo, que el mundo entero está dispuesto a darle a Goku su energía una vez más para formar la Genki Dama más grande de todas y que pocas cosas en este universo son tan fuertes como un Super Saiyajin. El éxito que ya ha generado está cinta a nivel mundial (aunque se descanse en expectativas y nostalgias), ha activado varias alarmas para contestar la pregunta de si el mundo todavía quiere ver a los guerreros Z. El niño que llevamos dentro reclama el regreso de Toriyama a nuestras vidas, y eso se refleja en las repercusiones que ha tenido esta película, donde decimos “gracias por haber hecho de nuestra infancia un lugar inolvidable”.
 
Lo mejor todavía está por venir en el eco del Kame Hame Ha que tanto extrañábamos.

Salud.

Ignacio Viera (publicada originalmente en el blog Kabuki Salad)

viernes, 12 de julio de 2013

Un buen día para ver cualquier cosa



A good day to die hard. John Moore (dirección), Skip Woods (guión). Estados Unidos, 2013.


Hace unas semanas hice un viaje a Sidney, Australia (no, no era el vuelo 815). Un día entero de viaje. El “sistema de entretenimiento de la nave” incluía: A Good Day to Die Hard, quinta entrega de la saga “Duro de matar” (que arrancara John McTiernan en 1988). No me voy a hacer el fino, las otras cuatro las había visto (y no puedo decir que me hayan aburrido), además, había oído que una parte de la película transcurre en las inmediaciones de Chernobyl (tema que me interesa por otras cosas) y, lo más importante, tenía varias horas de vuelo por delante.
 
La película es toda inverosímil. En una de las primeras escenas, un taxista de Moscú se niega a cobrarle el viaje a John McClane porque este lo escuchó (pacientemente, hay que decirlo) cantar una horrible versión de “New York, New York”. Pero no es mentirosa. Después de esto, que las escenas de acción sean totalmente inverosímiles, no sólo no molesta sino que se hace casi imprescindible.
 
Last Action Hero (1993), del mismo John McTiernan que iniciara esta saga, era una linda peliculita que se basaba en “denunciar” las incongruencias de las películas de acción de Hollywood con, nada menos que, la realidad. En una de las escenas más memorables, el personaje de Arnold Schwarzenegger, llamado Jack Slater, se cae dentro de un pozo de alquitrán (creo que era en el famoso Rancho La Brea en Los Angeles, googléenlo cualquier cosa). En la siguiente escena, para la que no pasaron más de dos minutos, Slater se está sacando, ¡con un pañuelo!, los últimos restos de petróleo de la cara. Esa escena es genial. Sobre el final de “A good day…”, cuando la acción va in crescendo y se dan las necesarias vueltas de tuerca, Bruce Willis es blanco de 3.246.532.364 disparos, pelea mano a mano con un helicóptero de combate, se tira con un camión desde dentro del mismo helicóptero (en serio), estuvo en Chernobyl* varias horas sin ningún traje de protección, atravesó varios ventanales… Y en la escena siguiente, muertos los malos, ¡aparece con una vendita en el brazo! Un cortecito de 3 centímetros, capáz que ni siquiera tuvieron que darle unos puntitos.
El cine es entretenimiento. Y no sería entretenido ver a John McClane, pasando 23 días en el hospital recuperándose, haciendo fisioterapia 3 veces por semana o haciendo la cola para cobrar la pensión por enfermedad. ¿No? La vida no es como el cine de Hollywood, ¿no?

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* Si bien es cierto que los niveles de radiación actuales no son tal altos. Incluso hay tours a la zona de Chernobyl y Pripyat, e incluso algunos plantean que hay una explosión de la fauna en los alrededores debido a la ausencia de seres humanos. Un interesante artículo al respecto en la revista Wired.


Víctor Raggio


lunes, 8 de julio de 2013

Guerra Mundial Z: La victoria del plan B



World War Z . Mark Foster (dirección); Matthew Michael Carnahan (guión, basado en la novela homónima de Max Brooks). Estados Unidos, 2013.


Nada de invasiones alienígenas, ni metáforas de la sociedad de consumo, ni alguna otra elaborada diacronía sobre la caída de la civilización. Hagamos una película donde los zombis sean zombis, sin vueltas.
Guerra Mundial Z gana cuando hace convivir dos fórmulas que parecen opuestas, pero que se complementan muy bien:

1) Menos es más. (El argumento)
Sacando una o dos escenas, en las que para que el relato continúe es necesario darle forma de explicación, la película no se detiene en buscarle la vuelta al asunto de los zombis, ni desde las conspiraciones, ni desde un probable génesis científico. Tampoco se narra poniendo el foco en la supervivencia, cosa que ya hemos visto en otros ejemplares del género. Simplemente se apoya en el saber colectivo acerca de estas criaturas y elabora una interminable sucesión de giros, basados en una misma estructura: el plan A no funciona.
Desde esa premisa, el relato podría ser infinito. Voy a intentar explicarlo muy brevemente y sin spoilers. Hagamos el siguiente experimento: ponemos un ratón en el extremo de una habitación vacía. En el centro hay un queso (entendamos que el ratón quiere ir al queso). El primer camino que eligirá será ir derecho, entonces le ponemos un obstáculo. Elige rodearlo, y encuentra otro obstáculo. Y así sucesivamente, ante cada opción del protagonista habrá un nuevo impedimento. Es la estructura del plan B, que consigue generar niveles de paranoia inagotables. Un laberinto circular que se va cerrando en espiral hacia su eje.

2) Más también es más. (La dimensión)
El apocalipsis zombi ya no puede reducirse a un pueblito yanqui. La cosa ultimamente está en lo descomunal. Acá hay masas. Una ola de zombis capaz de trepar los muros de Jerusalem, no por sus capacidades individuales, sino por la cooperación inconsciente, como vimos en el trailer: se mueven como una masa de hormigas.
La plaga (no en el sentido clínico sino en la magnitud) es mundial, y se expande a velocidades alarmantes. Sin embargo, obedeciendo a esa idea de espiral que se va cerrando sobre su eje, arranca desde lo multitudinario, desde metrópolis infestadas de víctimas y masas de contagiados, para ir arrinconándonos poco a poco en lugares más estrechos. Desde helicópteros bombardeando una montaña de alienados, hasta una habitación de vidrio en la que el héroe se enfrenta cara a cara con un zombi.
De todos modos, queda claro que la película opta por la primera fórmula. La segunda, la de la magnitud, está puesta para ser desarticulada deliberadamente en pos del "menos es más".

No es un dato menor que la productora de Brad Pitt se llame “Plan B”, ni lo es el hecho de el propio autor de la novela original, Max Brooks (hijo de Mel), haya criticado la linealidad del guión, defendiendo la estructura periodística que le había dado a su novela. Ahora, lo que creo que se propuso la producción no fue realizar una adaptación de la novela, sino utilizar su argumento para generar otro producto: una película que, a pesar de tener todos los atractivos que la Industria ofrece hoy en día, busca darle la espalda a la desmesura del cine masivo contemporáneo para ir, en un strip-tease de recursos, desenmascarando la cuestión del miedo a lo diferente.

La crítica de Brooks se entiende un poco más allá de su narcisismo. Si nos quedamos con el hecho del protagonista único que desde afuera hacia adentro del conflicto se pone al hombro el destino de la humanidad. Eso es criticable hasta cierto punto, porque no se puede esperar otra cosa del cine norteamericano. Pero desde el punto de vista del ritmo, que articula los recursos argumentales, si bien sigue una linealidad, lo hace en forma espiral, hasta el centro del laberinto. Y por eso tiene un atractivo diferente. Mantiene una tensión constante, gracias a la sencillez de la fórmula, a partir de un argumento muy pero muy simple.

Sólo porque encuentro en el disparate una forma de placer, diría que para buscar un antecedente de esta película habría que remitirse a Máxima Velocidad (1994) o a Crank (2006). No por el tema, sino por la construcción del relato. El personaje encarnado por Brad Pitt se desenvuelve según su frase de cabecera "movimiento es vida", por eso se ocupa de eludir todas las trabas que parecen forzarlo a encerrarse y quedarse quieto. En los dos antecedentes que mencioné aparece esa misma idea. En la primera, si el colectivo frena, explota. En la otra, el protagonista debe generar adrenalina para no morirse.
La sensación paranoica no se genera por el acecho de las criaturas (que lo hay) sino por la certeza de que lo quieto está destinado a la muerte. En ese sentido, la historia que se desarrolla mediante la fórmula del movimiento, se resuelve finalmente sin contradecir la premisa inicial.

Juan Pablo Cozzi


miércoles, 26 de junio de 2013

El hombre, el acero y el superhombre FX



 Man of Steel. Zack Snyder (dirección); David S. Goyer (guión). Estados Unidos, 2013

Comencemos por lo más obvio: esta es la mejor película de Superman hasta la fecha. Sucede que esto tampoco dice demasiado. Si recapitulamos, las viejas películas de fines de los 70s han alcanzado un estado épico no del todo justificado, aunque podríamos decir que se debe a un gran reparto y esa idea de que “nunca habrá un Superman como Christopher Reeve”; otra premisa muy cuestionable. También producto de ese estado de “pseudo mártir “del actor que supo volar y terminó sus días sin poder caminar.
“The Man of Steel” se aleja del mundo cinéfilo establecido para este personaje, y esto es uno de sus mejores puntos. A diferencia de “Superman Returns” (2006) que funciona como un tributo constante (hasta el punto de utilizar material de archivo con Marlon Brando) de lo ya conocido para una nueva generación que no consiguió cautivar; quizás también como una oportunidad a no dejar pasar después del éxito de “Batman Begins” un año antes, pero de todas formas no fue suficiente.
Tras las reglas establecidas después de la trilogía del Batman de Nolan, esta película apunta a una cinta de ciencia ficción por encima de las fórmulas básicas del superhéroe. Lo cual resulta más convincente y, hasta podríamos pensar, la fórmula más obvia y necesaria para llevar a este personaje a la gran pantalla.
Podríamos dividir esta cinta en dos partes: “El Hombre de Acero” y “Superman”.
La primera abraca toda la parte más verosímil y desarrollada en cuanto a contexto y personajes se refiere. Vemos un Krypton mucho más trabajado en cuanto a su orden, tecnología y geografía. Es una mirada más orgánica, donde conviven diferentes especies animales y un sistema de castas de nacimientos controlados con una reminiscencia a “Ghost in the Shell” (Si, si, nada de “Matrix” aunque quédense tranquilos que hay dos personajes que reconocerán). La inminente destrucción de este planeta es producto del abuso de los recursos naturales y podemos ver que la falta de acción de los kryptonianos se debe también al escepticismo y un sistema burocrático tedioso.  Nada de esto es nuevo (ni para Superman, ni para la ciencia ficción) pero está muy bien plasmado y aporta al conjunto sin caer en una sobredosis de información.  Personalmente la estética kryptoniana me resultó más un cúmulo de influencias a un concepto original. Si pudiese haber visto más arena que formaciones rocosas, juraría que estaba viendo un remake de “Dune”.
“El Hombre de Acero” continúa desarrollando el personaje de Clark mediante la utilización de flashbacks. Esto está bien y funciona. Resaltando la disyuntiva del “hombre que un día cambiará el mundo” y la capacidad de aceptación y confianza por parte de la humanidad; con un Kevin Costner que remite a un tío Ben recto y sacrificado que solo le faltó decir “con un gran poder viene una gran responsabilidad”. Esta comparación podría sonar despectiva, pero todo lo contrario. Jonathan Kent se presenta como un modelo de moralidad y rectitud cansada, que al mismo tiempo denota una persona que se ve superada de a momentos por toda su situación y trata de funcionar como guía de la mejor manera que puede y sabe.  Por otra parte, Jor-El (Russel Crowe) aporta la otra cara paterna que, aunque deja en claro el amor por su hijo, nunca descansa en la figura típica del padre que busca en su hijo “ser mejor de lo que él fue”, sino que apunta a un bien mayor por la continuidad de su pueblo y el método “correcto” de proceder y la responsabilidad de Kal-El más allá de una búsqueda de individualidad y libertad personal.
Mientras tanto, Martha Kent (Diane Lane), funciona como un cable a tierra. Una de las pocas imágenes humanas que mantienen a Clark “terrestre” al mejor estilo “nadie se atreva a tocar a mi vieja” (cuando le da una paliza a Zod al son de “¿Cómo te atreves a amenazar a mi madre?” sonaba el tema del Carpo en mi cabeza, perdón, lo tenía que decir).
Todo el aspecto familiar del protagonista, aporta distintos puntos y miradas que denotan la fragilidad de estas personas, pero todas convergen en la responsabilidad y la rectitud, por lo que enriquece y humaniza a Clark para comprender sus formas de proceder y hacer todo el conjunto más verosímil.
El General Zod es la otra cara de todo este aspecto. Es el reflejo más maquiavélico y comprensible de la cara del mal. Sucede que tampoco podemos hablar de un “villano” o “malvado”, sino más bien de un radical, de un tipo formado en la guerra y el sacrificio que no repara (a diferencia de Jor-El) en los aspectos morales para con la continuidad de los kryptonianos. Uno de los aspectos más destacables (en lo personal) es el abismo que separa al padre del Clark con el General Zod. Si bien, ambos apuntan hacia el mismo lado, sus contextos y formas claramente diferenciados enriquecen las dos partes sin necesidad de agregar más minutos a la cinta. Al fin de cuentas, todos los personajes (familiares y alienígenas) en torno a Clark funcionan para el crecimiento del personaje sin nunca llegar a cansarnos. Es un buen ejemplo de cómo deberían funcionar los personajes secundarios.
Otro punto, quizás el más discutible de todos, es la “nueva” Luisa Lane. Personalmente me gustó, pero más por su función de alejamiento de la fórmula básica y estereotipada. Se asemeja más a una Lara Croft o una co-protagonista de film de Indiana Jones, lo cual no está mal para marcar una especie de power girl del siglo XXI diferenciada de la “pobrecita que precisa que la recaten”. Sin embargo, en algunos aspectos, este alejamiento pareciera ajeno a toda la fórmula, haciéndole falta un toque más de elegancia y buena pinta. Seamos sinceros, para la facha que tiene Superman, los primero planos dejan en claro que Luisa le saca una década de ventaja y que, entre escenas, probablemente se escondía a comerse una cheeseburger.
Después de la primera parte, con la llegada a la Tierra del General Zod, nos apartamos de “El Hombre de Acero” y comienza “Superman”; un despliegue de efectos especiales al estilo “Transformers 3”, un “veamos que tan épico podemos hacer todo esto” apuntando principalmente al entretenimiento. Nos volvemos más bagalleros, impresionables y agradecemos haber comprado el pop extra grande. No tiene nada de malo y funciona… ¡Es Superman! Todos esperamos este momento. Sin embargo el quiebre que se genera entre todo el desarrollo de la primera parte y la sobredosis de acción de la segunda, es un poco brusco para mi gusto. Esto no hace que decaiga la película ni mucho menos, pero su aspecto blockbuster se vuelve sumamente evidente y debemos comenzar a digerir los cheesy one liners de los cuales veníamos escapando. Esto, para mí, fue una de las pocas decepciones del film. Si bien Jor-El y Jonathan Kent son un despliegue de monólogos elegantes, predecibles y correctos, tiene un finalidad que funciona para todo el conjunto. Mientras frases como:”Dicen que después del primer beso todo va cuesta abajo” (tras el primer beso entre Clark y Luisa) nos hacen gritar: ¡No había necesidad!
Uno de los elementos de la fórmula “cine de superhéroes verosímil” a la cual nos hemos acostumbrado, radica en esconder o disimular los clichés típicos del género.  En este caso en particular, la ciencia ficción de “El Hombre de Acero” con el cine de super héroes de “Superman” se vuelve más evidente por culpa de estos pequeños tropiezos.
Sin embargo esto no nubla la superestructura de un film bien hecho, que sienta las bases para una nueva franquicia que tiene cosas por mejorar, pero que ha dejado en claro que Superman se ha ganado una nueva oportunidad en el mundo del cine.

Ignacio Viera


martes, 18 de junio de 2013

Superman, superhéroes y ciencia ficción

Man of Steel. Zack Snyder (dirección); David S. Goyer (guión). Estados Unidos, 2013

Parece trivial señalar que, hecha la excepción de las tres Batman de Christopher Nolan, a la DC Comics no le ha ido bien en lo que a adaptaciones al cine de sus personajes respecta. El desastre de Green Lantern (Martin Campbell, 2011) fue más que suficiente, por supuesto, pero las cosas se ven un poco peor si las comparamos con la buena fortuna que ha tocado a la Marvel en su división cinematográfica.

Más específicamente, incluso, podemos pensar que ya desde las dos flojas Superman de Richard Donner -y el par de mamarrachos que siguió- y las fallidas (cuando no espantosas) Batman de Burton y Schumacher, por no mencionar la más reciente Superman Returns (Bryan Singer, 2006) -que, entre otras cosas, adolece de una relación demasiado tributaria con producciones que no justifican  devoción de esa magnitud-, los personajes más emblemáticos del panteón DC han sido sistemáticamente maltratados en la pantalla grande, con películas realizadas pensando ante todo en parasitar la popularidad del personaje en su medio original, con un mínimo de esfuerzo cinematográfico o incluso argumental. Es cierto, además, que mucha mejor suerte ha tenido el universo animado de la DC, con no pocos largometrajes excelentes, aunque eso, a los efectos de esta nota, es claramente otra historia.

El caso es que Man of Steel ha venido, en mi opinión, a curar las heridas de la DC. Podría defenderse su lugar entre las mejores películas de superhéroes (junto a The Avengers, de 2012, y The Dark Knight, de 2008), podría insistirse en su obvia condición de la película más satisfactoria realizada sobre el personaje de Siegel y Shuster, pero también vale la pena centrarse en un aspecto concreto: el giro ofrecido por esta película desde una ficción de superhéroes hacia una trama de ciencia ficción, y las consecuencias que de ello cabe pensar.

Para empezar, no hay muchas cosas que le puedan pasar a los superhéroes en una película o, si vamos al caso, en cualquier relato: pueden, de hecho, (1) enfrentarse con un enemigo sorprendentemente poderoso, (2) perder sus poderes o (3) inmiscuirse en asuntos que cambian significativamente el universo o el mundo. Ejemplos de (3) son, claro está, las sagas de DC Crisis en Tierras Infinitas (Marv Wolfman, George Pérez et al, 1985) y Hora Cero (Dan Jurgens y Jerry Ordway, 1994). Ejemplos de (2) abundan en el cine, incluyendo Spider Man 2 (Sam Raimi, 2004) y Superman 2 (Richard Lester/Richard Donner, 1980), y, evidentemente, (1) es un argumento esencial al género (el largometraje de animación Superman: Doomsday, de 2007, basta como ejemplo). Evidentemente los tres argumentos aquí propuestos como básicos al género superheroico pueden combinarse en la trama de un relato concreto; Man of Steel, de hecho, usa bastante de (3), no poco de (1) y muy poco de (2); de hecho, podría incluso -un poco binzantinamente, por cierto- pensarse en una suerte de "dosificación" o de "proporciones" de cada asunto básico a la hora de crear un argumento.

En cualquier caso, si bien todos estos tópicos son fácilmente reconocibles en Man of Steel, la película propone una serie de llamadores de atención que la vuelven bastante singular en el corpus de ficciones cinematográficas de superhéroes. El más notorio, quizá, es su importante carga de ciencia ficción. En efecto, la extensa secuencia de apertura, instalada -con lujo de detalles- en Krypton (presentado con notorio exotismo, incluyendo formas animales y geológicas) incorpora temas típicamente cienciaficcioneros como ser la distopía (en Krypton la "libertad individual" es anulada en favor de un planeamiento genético-sociológico), la catástrofe (un planeamiento de desarrollo no sustentable lleva no sólo a agotar los recursos de Krpyon, lo cual termina ocasionando su destrucción, sino que además las colonias en otros planetas son abandonadas) y el tema (tratado más levemente pero de todas formas presente) a la Prometheus (Ridley Scott, 2012) del origen de la humanidad por acción de una especie alienígena, ya que la película sugiere que la Tierra fue uno de los puestos de avanzada de la expansión de Krypton, 20.000 años antes del presente, por lo que una acción civilizadora a la "antiguos astronautas" queda vagamente (no conclusivamente, por supuesto) sugerida. Está, además, el tema del alienígena que padece penurias en su vida entre los humanos (The man who fell to Earth, de 1976) y que busca y encuentra su origen olvidado o desconocido, además del tópico de la terraformación (es decir la modificación radical de una ecología planetaria para servir las necesidades de una especie en particular; uno de los ejemplos más notorios de este tema narrativo es la serie de Marte escrita por Kim Stanley Robinson) y la permanente referencia a tecnologías alienígenas sumamente avanzadas.

Estos asuntos y temas están presentados de una manera notoriamente visible en Man of Steel, y cabría pensar una justificación para ello que, además, proponga una vinculación con el género superheroico. Así como es posible presentar un número mínimo de argumentos posibles para las ficciones del género, también es posible pensar una suerte de clasificación de sus personajes. Tenemos así (1) personajes esencialmente "realistas" cuyos poderes derivan del uso o desarrollo de una tecnología creíble o mínimamente extrapolada, combinado con ciertas aptitudes personales igualmente creíbles pese a que puedan ser extraordinarias (Batman, Flecha Verde, Daredevil, Punisher, etc), (2) personajes evidentemente fantásticos o de fantasía, que pertenecen a un universo mágico o mitológico (Thor, Spectre, Dr. Strange, el primer Linterna Verde, Wonder Woman, Spawn, etc) y por último (3), los personajes claramente incorporables a tópicos de ciencia ficción (Superman, los Linterna Verde de la Silver Age, Los 4 Fantásticos, X-Men, quizá Iron Man, etc). Es evidente, entonces, que un planteamiento más satisfactorio (más creíble, cabría acotar) de Batman -por poner un ejemplo- será el que mejor tenga en cuenta su naturaleza digamos "realista" (estoy eludiendo, evidentemente, la posibilidad de ficciones del tipo team-up a la Avengers, así como también la del enfrentamiento de un héroe de tipo 3 -Iron Man, digamos- con un villano de tipo 2 -el Mandarín-, o cualquier otra combinación), y de hecho ese es precisamente el camino elegido por Nolan en su trilogía sobre Batman. Superman, por tratarse de un personaje del tipo 3 (alienígena exiliado a la Tierra tras la destrucción de su planeta natal), requiere un tratamiento de ciencia ficción, cosa que Man of Steel cumple de principio a fin. De hecho, la ciencia ficción aquí -en el campo de ficciones posibles sobre Superman- es lo que podríamos llamar la "única opción realista" (o "creíble"), en tanto un abordaje a la Batman Begins resultaría en extremo incompatible con el personaje -del mismo modo que la posibilidad de una trama más de fantasía y mitología a la Thor (por más que en la película de 2011 sugiera la equiparación arthurclarkiana de magia con tecnología avanzada) podría haber redundado en una ficción más simplista o incluso "infantil".

A la vez, es fácil percibir cómo una película como Avengers está firmemente anclada en el género superheroico. Es decir: la trama avanza en relación a una amenaza que termina por servir de elemento cohesivo a un grupo de héroes dispares: lo esencial, en ese sentido, es, precisamente, la constatación de las diferencias entre los superhéroes en cuestión y la manera en que encontraron cómo trabajar en equipo. Toda la trama, entonces, gira en torno al concepto del superhéroe como una individualidad específica (que pueda o no participar de una maquinaria que la trascienda es otra cosa: es, de hecho, lo que la película cuenta) y, por tanto, en gran medida el tema de la película es el concepto de superhéroe. Pero en Man of Steel lo "especial" de esa individualidad superheroica es su condición de alienígena, y lo que la película cuenta en ese sentido es las circunstancias de su decisión de sacrificar el vínculo con el origen (al eliminar a los últimos -y corruptos- kryptonianos) en favor del hogar adoptivo, la Tierra (es interesante que, muy a la Hamlet, un gran disparador de la ira de Kal-El es la amenaza a su madre... en este caso su madre terrestre). De hecho, las circunstancias de esa decisión también son vinculables a los ya mencionados tópicos de ciencia ficción que pueden leerse en la película, en tanto su condición de anomalía o individualidad extrema (el primer niño nacido de parto natural y sin planeamiento genético en Krypton, a la vez que, posteriormente, receptáculo de una gigantesca biblioteca de información genética) está vinculada (en tanto los detalles de su nacimiento) al tema de la distopía y a (en tanto la acción de su padre antes de enviarlo a la Tierra) la alta tecnología de los kryptonianos.

Otro elemento que desplaza ligeramente a Man of Steel desde el género superheroico hacia una categoría híbrida (o una nueva modulación de lo superheroico, mejor dicho) es la manera en que la condición "heorica" es pasada a varios personajes; vemos, por ejemplo, al editor Perry White enfrentando el peligro para rescatar a una de sus empleadas, además de constatar que la derrota de los invasores kyrptonianos se debe no sólo a los esfuerzos de Superman sino al trabajo en equipo con seres humanos más o menos "comunes y corrientes" (al menos en lo que a superpoderes se refiere). Los esfuerzos "meramente humanos" de esta película, de hecho, logran resultados, a diferencia de lo que vemos, por ejemplo, en Avengers, donde todo es resuelto por el equipo de superhéroes.

La película, por supuesto, resalta también por otras razones: la escena final de combate entre Superman y el general Zod, por ejemplo, es un paso adelante desde su equivalente en Matrix Revolutions (Wachowskis, 2003), en tanto (además del concebible avance tecnológico implicado a la hora de crear las imágenes en cuestión) incorpora la dimensión de la ciudad como escenario activo de la pelea, con destrucción de edificios y amenaza a los habitantes. Es evidente, de hecho, que los efectos especiales de Man of Steel están entre lo mejor que se ha visto en el cine de acción: las colisiones dan perfectamente la sensación de energía, de fuerzas, de objetos masivos (a diferencia, por ejemplo, de lo que puede verse en la Hulk del sobrevaloradísimo Ang Lee), lo cual, en última instancia, complementa esa suerte de "realismo" que se desprende del tratamiento más cienciaficcionero del personaje.

De hecho, parecería leerse entre líneas que los guionistas y el director han entendido algo que sigue eludiendo a muchos intelectuales: que la ciencia ficción se parece menos a lo fantástico que a una suerte de forma especulativa del realismo.

Ramiro Sanchiz