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lunes, 14 de octubre de 2013

El hombre de al lado



El hombre de al lado. Mariano Cohn, Gastón Duprat (dirección); Andrés Duprat (guión). Argentina, 2009.


Un peliculón. Al decir de Homero Simpson, sobre “la bola en la ingle” (Los Simpson, Temporada 6, Episodio 18, 1995), funciona a varios niveles. 
 
En primer lugar, funciona notablemente como un cuento paranoide de amenaza exterior. En este sentido es genial. Es un clásico de los cuentos de misterio o de detectives tener una buena vuelta de tuerca. Acá la vuelta de tuerca dura 60 minutos. Empecé pensando que iba a ver Cabo de Miedo (Cape Fear, Martin Scorsese, 1991) o algo así, y terminé viendo… bueno, no sé.
 
En segundo lugar, la “pintura” de los personajes. Leonardo es una mierda. Pero no es una mierda cualquiera. Cuesta un poco de trabajo darse cuenta que es una mierda. Es una mierda con cierto talento, o por lo menos con éxito en actividades creativas. A no ser que las ideas se las robe a otros, como la mierda que es. Es una mierda culta. Da miedo pensar que en algún momento hasta podemos identificarnos con una mierda como él.
 
En tercer lugar: la ventana. La pequeñez del conflicto. O su enormidad: la invasión. Y de nuevo una vuelta de tuerca: la invasión parecía ser a la privacidad; pero no…, eso se arregla con una cortina; es una invasión mucho peor, a la clase social, al mundo privado de privilegios, a un “nosotros” que se define excluyendo a los “otros”. Una invasión de algo que no se quiere ver. El mundo de la alta cultura, invadido por la grasada. En este nivel, el del clásico cine social latinoamericano, también funciona maravillosamente. Creo ver algo de Teorema de Pasolini (1968), no en la significación filosófica, sino el choque con los otros; las clases inferiores, no son… bueno lo que carajo sea que pasa en Teorema, sino que el problema es simplemente tenerlos al lado. Los turistas pelotudos que quieren sacarse fotos con la casa (que es hecha por Le Corbusier), simplemente rompen las bolas, pero Víctor es peligroso: pretende ser un igual, pretende tener los mismos derechos que los ricos con los que se relaciona Leonardo. Y hasta pretende ser un amigo. 
 
No vi aún Elysium (Neill Blomkamp, 2013), pero por lo que se ve de los trailers, sería una solución final deseable para Leonardo. Un típico habitante de una Latinoamérica de barrios privados y de cada vez mayor segregación socio-geográfica, que muchos defienden como un derecho propio y otros vemos como uno de los problemas más serios (y difíciles de solucionar) para nuestras sociedades.
 
En cuarto lugar, tiene escenas individuales que funcionan 100%: el regalo de la escultura, el diálogo sobre el “tío Carlos”, cuando la estudiante rechaza a Leonardo en su intento de cogérsela (con la satisfacción inevitable que provoca, a esa altura de la película queda claro lo detestable que es), las varias escenas con la silla de diseño (fuente de los éxitos de Leonardo) como medida de sus relaciones humanas. La escena final, con el teléfono modernoso y de diseñador, que los une y los separa, los comunica y los incomunica, es maravillosa. En un extremo, uno podría pensar que para que no se “contamine” su teléfono de pitucón, Leonardo está dispuesto a dejar morir a un semejante (y que además salió a defenderlo). En el otro extremo sería una metáfora sobre la inevitable segregación cultural de la que todos somos parte; de las dificultades para comunicarnos con otros que hablan español y viven a unas cuadras, pero con los que no tenemos diálogo alguno (y con los que tal vez sea imposible tenerlo, al menos por un buen tiempo y en las actuales condiciones).
 
Y al final la ventana se tapa. Es incómoda, pero mírenla.

Víctor Raggio


miércoles, 19 de junio de 2013

Adaptando a Laiseca

Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Gastón Duprat y Mariano Cohn (dirección); Andrés Duprat (guión, basado en cuento de Alberto Laiseca). Argentina, 2011


Admito que fui prejuiciosa cuando vi la tapa de la película. La dupla Disi-Lopilato no me entusiasmaba. Hablo de dupla porque a Eusebio Poncela le tenía más fe. Pero, acepto con placer que me equivoqué y mi ojo mal entrenado, no tenía razón. 

 De Gastón Duprat y Mariano Cohn, los directores de la película, ya tenía certezas. Había visto El Artista (2008) y El hombre de al lado (2009). Después de estas dos buenas experiencias,  tenía fichas listas para ponerlas en Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011). Me quedo corta si digo que me gustó.

El condimento fundamental y a mi entender, imprescindible que hace que esta película entre en mi top 10 de favoritas (si es que existe tal cosa) es que es un film que adapta un cuento del maestro Alberto Laiseca. La tarea está lograda con eficacia, sobre todo porque el mismísimo Laiseca participa como narrador (con imagen, no sólo voz en off) y eso suma 500 puntos para el espectador, sobre todo si el espectador es un ávido lector. 

El cuento homónimo diverge entre distintos puntos de realidades que aparentemente, son diversas. Hay un personaje principal, llamado Ernesto e interpretado por Emilio Disi, que gracias a un golpe del destino (o de suerte, aunque si la ven entenderán por qué puse “destino”), puede cambiar su realidad casi por arte de magia. El personaje de Eusebio Poncela le concede la posibilidad de viajar al pasado, al momento o el año que Ernesto prefiera, para poder –desde ese “nuevo lugar”- cambiar su vida y enmendar sus errores. El personaje de Poncela, le ofrece la posibilidad de reivindicarse como hombre, de salir de la mediocridad que siente y de darle a su mujer una vida más digna. Por supuesto que la confusión de Ernesto es enorme pero se decide y acepta la propuesta. Con sólo decirle a su mujer: “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo”, Ernesto viaja inmediatamente al punto que eligió para reanudar su existencia, pero con la experiencia del hombre maduro que es. Además, hay un pacto económico detrás: Si Ernesto cumple y vive esa vida bien que escogió, se hará dueño de una importante suma de dinero y luego de un tiempo, todo volverá a la normalidad. Claro que, todo tiene un precio y Ernestito lo pagará paso a paso, en sus nuevas elecciones.

El personaje de Ernesto tiene esta posibilidad, elige e intenta resignificar su destino  pero, en el fondo, sigue siendo el mismo. El film muestra un contraste entre la ambición,  los errores y la mediocridad que de fondo, se mantiene intacta. Cuando termina la película, hay una suerte de mensaje que queda flotando en la cabeza y que dice incesantemente: «El momento es ahora, ¡no lo desperdicies!»

Angie Pagnotta